En las profundidades del Yacimiento de Santa Clara, donde el hierro viejo y el cuarzo se funden en la oscuridad, hay algo que los libros de historia uruguaya se negaron a documentar. Luces que danzaban entre columnas de piedra, guiadas por una figura encapuchada conocida simplemente como «La Dueña».
Cuando el Hierro Hablaba
El yacimiento de Santa Clara fue, durante décadas, una de las minas más productivas del Uruguay. Hierro, cuarzo y minerales que alimentaban la industria del país. Pero los mineros que trabajaron allí guardaron un secreto que transmitieron de generación en generación: las piedras de esa mina no eran piedras.
Los relatos de los obreros coinciden en un fenómeno que ocurría especialmente los viernes, cuando la luna estaba llena. Las paredes de la mina comenzaban a emitir un zumbido grave, casi subsónico, que hacía vibrar los huesos. Y entonces aparecían las luces. No eran reflejos de las linternas. Eran esferas de un blanco azulado que se desplazaban siguiendo las vetas de cuarzo, como si algo las estuviera guiando desde dentro de la roca.
«Yo vi a La Dueña una sola vez. Era una mujer alta, vestida de negro, con la cara tapada. Caminaba dentro de la mina como si la conociera de memoria. Y donde ella pisaba, las piedras brillaban.»
— Ex minero de Santa Clara, 1978
La Dueña de la Mina
Nadie sabe quién era La Dueña. Algunos dicen que era una antigua dueña española que trabajaba la mina en el siglo XVIII. Otros creen que era algo mucho más antiguo. Pero todos los testimonios coinciden en una cosa: La Dueña no permitía que nadie extrajera cuarzo de las vetas más profundas.
Los mineros que desobedecían la advertencia encontraban sus herramientas rotas al día siguiente. Los más testarudos reportaban sueños donde una figura encapuchada les susurraba algo al oído. Tres mineros desaparecieron entre 1955 y 1962. Nunca se encontraron sus cuerpos.
El Cierre Misterioso
En 1974, la mina de Santa Clara fue cerrada oficialmente por «agotamiento del yacimiento». Pero los geólogos consultados décadas después encontraron que las vetas de hierro aún eran abundantes. Simplemente, alguien decidió que la mina debía cerrarse.
Los documentos del cierre desaparecieron de la oficina del Catastro de Maldonado en lo que las autoridades llamaron una «pérdida administrativa». Los antiguos mineros saben la verdad: La Dueña finalmente lo tomó todo. La mina le pertenecía. Siempre le había pertenecido.
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